La crisis del periodismo de ciencia: Dan Fagin (Parte I)

*Esta es la versión en español del discurso que ofreció Dan Fagin en la Conferencia Mundial de Periodistas de Ciencia, en Corea del Sur, el 11 de junio de 2015. Fagin es profesor asociado de Periodismo y director del programa de Cobertura de Ciencia, Salud y Medio Ambiente del Instituto de Periodismo Carter de la Universidad de Nueva York. Para más información: danfagin.com

Gracias por esta introducción excesivamente generosa y un agradecimiento especial a la comisión de programación y el comité anfitrión y todos los demás organizadores de la conferencia por todo su trabajo, que realmente ha dado sus frutos durante esta semana en Seúl. Todos hemos sentido una cálida bienvenida aquí en Corea, y no sólo porque los asientos de baño en las habitaciones del hotel ¡son de temperatura controlada! En serio, creo que todos los visitantes nos hemos sorprendido por la inteligencia y la amabilidad de la gente de Corea del Sur, su comprensión de la ciencia y la asombrosa velocidad en que ha ascendido su economía. Estamos viendo con mucho interés cómo este país hace su siguiente transición, de una economía manufacturera a una creativa. Y en cuanto a la conferencia, verdaderamente ha sido una semana reveladora. Me encanta que el énfasis aquí ha estado en el intercambio y el aprendizaje de las herramientas prácticas de narración, así como en las inmersiones profundas en tantas cuestiones cruciales que se encuentran en la confluencia de la ciencia y la sociedad, que es el lugar donde nace el gran periodismo científico.

Pero ahora que la conferencia está a punto de terminar, creo que puede ser útil dar un paso atrás, ir del trabajo del día a día de nuestro oficio para mirar el cuadro completo del periodismo científico, algo que a veces es difícil hacer, sumidos en nuestras ocupaciones.

¿Cómo hemos llegado a donde estamos hoy? ¿Hacia dónde queremos ir mañana? ¿Cómo podemos llegar allí? Como dijo Rich, soy un periodista ambiental y la mayoría de las veces cuando doy discursos hablo de enfermedades, contaminación química, cambio climático global o el Antropoceno. Pero hoy es diferente, ya que la mayoría de ustedes son periodistas, periodistas de todo el mundo. Esta conferencia es única en ese sentido, y cuando estuve pensando en lo que podría decir que sería más relevante para este grupo, decidí no hablar de temas ambientales sino de la latente crisis en el periodismo científico que nos aflige, y sugerir algunas ideas sobre cómo podemos responder con eficacia a nuestros problemas. Hago esto con el pleno conocimiento de que muchas personas en esta sala son al menos tan cualificadas como estoy para hablar de estos temas.

Una parte importante de mi trabajo como profesor y director de uno de los programas de capacitación de periodismo científico más grandes del mundo es mantener una permanente vigilancia sobre la evolución de nuestro campo, pero ciertamente no soy el periodista diario que fui por más de 20 años. Sigo escribiendo piezas para revistas pero mis días en periódicos han terminado y me concentro en estos días en los libros (como dijo Rich) y en la enseñanza.

Y aquí hay otra advertencia muy importante: mi charla inevitablemente se centra en la situación en el mundo angloparlante, y en concreto en los Estados Unidos, que es el mundo que mejor conozco, lo que significa que estaré contribuyendo a lo que ya es un fuerte y sistemático sesgo del periodismo de Estados Unidos en la conversación global sobre el futuro de nuestro campo. Me disculpo por eso. Espero que lo que digo, no obstante, sea relevante para aquellos que están en Corea y en otras partes de Asia y de África y en otros lugares, porque estoy razonablemente seguro de que el trauma que están experimentando los medios de comunicación occidentales se convertirá tarde o temprano en sus problemas también, si no lo son ya. Si va a ser tarde o temprano va a depender de factores culturales, las tasas de desarrollo y de la penetración digital en la infraestructura de las comunicaciones.

Si me permiten, déjenme comenzar con un recuento histórico rápido, y me disculpo si el tema es desagradable o incluso ofensivo para alguien en esta sala, pero quiero puntualizar que este incidente y sus consecuencias son la muestra de que nuestro trabajo como periodistas es vital y está en peligro de extinción, pero también está lejos de ser condenado al fracaso.

Hace exactamente 26 años y seis días, a unos 1.000 kilómetros al oeste de aquí, en Pekín, gran parte del mundo quedó cautivado por la imagen de un hombre solo en una amplia avenida que estaba de pie delante de un largo convoy de tanques chinos, negándose a dejarlos pasar. El día antes, a pocas cuadras de distancia, en la Plaza de Tiananmen, el Ejército Popular de Liberación había desalojado violentamente a un numeroso grupo de personas –muchos de ellos, estudiantes- que protestaba pacíficamente-. Cientos de personas murieron.

Como se recordará, este hombre solitario “el hombre tanque” -como llegó a ser llamado porque nadie sabe a ciencia cierta quién era ni qué le sucedió- se puso una bolsa en cada mano, lo que sugiere que no era una protesta planeada sino un acto espontáneo de apasionada valentía. Eventualmente saltó sobre el tanque principal y gritó algo hacia varias de las portillas del tanque, presumiblemente pidiendo al conductor dar la vuelta y regresar a su base. En vez de eso, después de que el manifestante bajó, el conductor del tanque principal empezó a mover el convoy de nuevo hacia delante, lo que provocó que el protestante saltara de nuevo frente al primer tanque y reiniciara el enfrentamiento. Esta vez, sin embargo, dos hombres no identificados salieron de la multitud y arrastraron al “hombre tanque” a un destino desconocido hasta hoy. Hoy sabemos que el convoy del tanque chino avanzó hacia Tiananmen y la represión contra la disidencia siguió- y sigue aún hoy, en otras formas más sutiles- 26 años y seis días después.

Sabemos del “hombre tanque” porque había periodistas -fotógrafos de prensa y camarógrafos- situados en el balcón del Hotel Beijing, a media milla de la escena, y fueron capaces de capturar la escena a través de sus lentes de cámara y, finalmente, transmitirlo a todo el mundo.

La solitaria protesta del “hombre tanque” se convirtió en una imagen icónica de la era moderna- una especie de prueba de Rorschach en la que la gente ve lo que desea ver. Y lo traigo hasta hoy, porque con el beneficio de 26 años de retrospectiva, creo que muchos de nosotros en Occidente, y en concreto en los medios de comunicación occidentales, hemos entendido mal lo que el incidente predijo sobre el futuro de la libertad de expresión y el futuro del periodismo, incluyendo en gran medida al periodismo científico.

Durante muchos años, creo, había una especie de triunfalismo petulante en la cobertura de noticias internacionales por medios estadounidenses y, en menor medida, europeos; una suposición (a veces explícita, siempre implícita) de que, por supuesto, todos los demás en el mundo querían ser como nosotros; que todos los pueblos anhelaban nuestra versión de la democracia y de la cacofonía de voces contradictorias que viene con ella, amplificada por una próspera y vigorosa industria noticiosa. El “hombre tanque” pudo haber sido empujado a un destino desconocido, pero los principios por los que se puso de pie -o por lo menos los principios que se le atribuyen, ya que él nunca habló públicamente- seguramente triunfarían, estábamos seguros.

En ese momento, Rusia hacía la transición hacia lo para muchos de nosotros serían elecciones libres y una prensa vigorosa y libre, por lo que seguramente los días del gobierno chino represivo estaban contados, y también los del Norte Corea y los de cualquier otro líder o gobierno que no abrazara la democracia al estilo occidental y la robusta cobertura de prensa que es esencial para el mantenimiento de la misma. La aparición de Internet como una manera radicalmente diferente para intercambiar información nos dio más confianza. Pensábamos que sabíamos lo que quería el “hombre tanque”, y nuestra presencia en los ultra-poderosos medios de comunicación occidentales aseguraría que su causa triunfaría, y pronto.

Ahora, 26 años después, sabemos que errábamos con tal petulancia. El capitalismo puede triunfar, pero hemos descubierto que no hay nada inevitable en las transiciones a un gobierno democrático y abierto y nada inevitable en la prosperidad continua de un periodismo independiente y agresivo. Para aquellos de nosotros que trabajamos en los medios de comunicación, el último cuarto de siglo se ha sentido en ocasiones como un rudo despertar.

En los Estados Unidos y en algunos casos de Europa -y próximamente en otras partes del mundo, me temo y espero- el auge de la web ha paralizado los modelos de ingresos que tradicionalmente mantenían periódicos, revistas y noticieros de televisión. Las empresas mediáticas estadounidenses que no se han adaptado con éxito han muerto, están muriendo o han abandonando el periodismo. Aquellos que se han adaptado a los modelos digitales –que son demasiados, seamos francos al respecto- lo han hecho en modos que vuelven cada vez más difícil practicar el buen periodismo.

Y quizás lo más preocupante de todo es que muchos de nosotros en los medios de comunicación nos hemos dado cuenta de que al público en general no le importa mucho nuestros problemas. Están felices de leer nuestras historias si son gratis, pero a menudo no están dispuestos a pagar un precio justo por ellas. Eso ha creado una crisis para nosotros porque necesitamos desesperadamente ingresos por suscripción, ahora que tanta publicidad ha desaparecido –al parecer, para siempre- de los medios de comunicación.

En Estados Unidos, los ingresos por publicidad en los periódico es menos de la mitad de lo que era hace diez años, y los anuncios en línea -nuestra gran esperanza en alguna época- siguen siendo, con más de dos décadas en la revolución digital, responsables de menos del 20 por ciento de los ingresos por anuncios en las compañías de periódicos más importantes. A las revistas no les está yendo mucho mejor. Esta dolorosa transformación ha durado tanto que hemos perdido la capacidad de sorprendernos ante la reducción de casi dos tercios de los empleos en periódicos estadunidenses desde su máximo en 1989, también hace 26 años. Cientos de esos refugiados son especialistas en ciencia, que ahora son freelance o se han ido al siempre floreciente sector de las relaciones públicas del mundo de la comunicación de la ciencia.

Ahora, reconozco que la crisis en los periódicos y revistas así como en el periodismo televisivo no es tan grave fuera de los Estados Unidos, sobre todo aquí en Asia, lo que es de hecho una maravillosa noticia. Pero tenemos que preguntarnos: ¿cuánto tiempo puede durar? Seguramente los mismos cambios en los hábitos de consumo, impulsados ​​por la tecnología y los cambios demográficos, vienen para acá también y ustedes querrán prepararse para esa transformación y aprender de la áspera experiencia de los medios de comunicación de Estados Unidos.

Dan Fagin en la Conferencia Mundial de Periodistas de Ciencia. Imagen: WCSJ.
Dan Fagin en la Conferencia Mundial de Periodistas de Ciencia. Imagen: WCSJ.

Lo que es tan alarmante como la crisis económica en la prensa occidental es la noticia, estrechamente relacionada, de que muchas personas en los Estados Unidos y en todo el mundo no necesariamente acogen fuertemente los valores esenciales del periodismo independiente: no creen necesariamente que una prensa próspera y sin grilletes es un control crucial sobre instituciones poderosas que, de otra manera, tendrían espacio prácticamente libre para abusar de su poder.

En todo el mundo, los gobiernos y las corporaciones están restringiendo el acceso al reportero, censuran informes a los medios, intimidan a reporteros, redactores y editores, y crean sus propias alternativas de la libertad de prensa a través de un torrente cada vez mayor de propaganda y marketing que por lo general puede promoverse más fácilmente y abrumar a lo que queda de los medios independientes.

Estas restricciones a la libertad de prensa no sólo están sucediendo en países como China y Turquía y Rusia y Hungría y Venezuela, también están pasando en mi país. Las agencias gubernamentales en los Estados Unidos ahora ignoran rutinariamente consultas incómodas por parte de los periodistas, y se toman años para responder -si alguna vez responden- a las solicitudes de documentos que por ley deberían haber hecho públicos de inmediato.

Los políticos estadounidenses prominentes pasan semanas -a veces meses- sin responder una sola pregunta de un periodista independiente. Nuestra Corte Suprema y el Congreso, por su parte, y me aterra decir esto, parecen estar moviéndose constantemente hacia un impenetrable sistema de financiamiento de campañas en el que esencialmente se pueden comprar políticos a través de contribuciones secretas e ilimitadas. Al mismo tiempo que la prensa estadounidense ya es económicamente débil, nosotros los periodistas también estamos perdiendo el acceso que necesitamos para hacer que las personas poderosas y las instituciones se responsabilicen de sus acciones.

Y de nuevo, la mayoría de los votantes no parecen particularmente perturbados sobre esto, o incluso si les importa, son profundamente cínicos sobre cómo solucionar estos problemas. Se preocupan mucho, mucho más acerca de otros temas, especialmente los económicos. Los gobiernos de Pekín a Budapest, y por todas partes, se han dado cuenta de que si sus economías siguen creciendo, la gente va a pasar por alto la erosión gradual de la democracia.

Así que ahora, en gran parte del mundo, tenemos más riqueza, pero también más desigualdad. Más mercados pero menos debate sin restricciones. Los gobiernos y las empresas son más influyentes y eficientes que nunca, pero también menos transparentes y responsables ante el público. Sí, gracias al crecimiento explosivo de la tecnología digital, podemos acceder a más información que nunca, sin embargo, también tenemos menos periodismo, o menos periodismo de profundidad guiado por el interés público.

Las cosas han cambiado realmente en estos últimos 26 años. Y lo que hemos aprendido, como periodistas, es que no podemos dar nada por sentado, que vamos a tener que crear e incluso luchar por el futuro de nuestra profesión y por su papel crucial en el mantenimiento de la democracia, porque no hay nada predestinado acerca de la supervivencia del periodismo o la supervivencia de la democracia, para el caso.

Como periodistas de ciencia, no estamos en absoluto ajenos de esta lucha, ¡estamos justo en medio de ella! La verificación –la comprobación de los hechos- es lo que separa al periodismo de la propaganda, y el método científico es una tremenda forma de verificación, lo mejor que tenemos, a pesar de sus defectos. Los mejores periodistas científicos, y algunos de ellos están aquí en esta sala, son implacables en su insistencia en que el peso de la evidencia, y no las preferencias de los poderosos, debe conducir nuestras historias.

Ellos saben que el propósito del periodismo de ciencia no es ser porristas de los científicos sino explicar los avances científicos en su contexto completo, incluyendo sus implicaciones sociales. No nos limitamos a citar afirmaciones de la gente, los comprobamos y averiguamos dónde está la evidencia más convincente. Eso es especialmente importante ahora, en momentos en que el público se mueve entre temerle a los científicos y adorarlos. Nosotros los periodistas de ciencia sabemos que hay una belleza profunda en el proceso científico cuando se practica bien, pero que los científicos son humanos.

Sabemos, por los continuos escándalos de fraude, de no replicabilidad y de negligencia en la revisión por pares, que los científicos están sujetos a los mismos errores de arrogancia, errores de juicio y codicia que aquejan al resto de la gente, incluidos los periodistas. Si los periodistas de ciencia no exponemos esos defectos de la ciencia y no hacemos alboroto sobre ellos, entonces ¿quién lo hará? Así que sí, nosotros los periodistas científicos realmente tenemos un papel crucial para demostrar que el periodismo independiente, imparcial, basado en la evidencia, importa, y que el futuro del periodismo como profesión va a afectar de manera importante el futuro del mundo.

Así que este es el contexto, de alto riesgo y muy desafiante, en el que trabajamos, y en que intentamos hacer un trabajo importante en medio de tantos obstáculos. Todo esto suena bastante deprimente, ¿no? Y sin embargo, creo que hay razones para un optimismo cauteloso, y ciertamente razones para no perder la esperanza.

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