*Por Wilbert Monterroza

El mundo está convulso. La noticia de los últimos días es el COVID-19 y su avance como pandemia en el planeta.

Recuerdo vagamente la tragedia del terremoto de San Salvador de 1986, un sismo que dejó más de 1,500 muertos justo en medio de un conflicto armado. Recuerdo también la sequía de 1991 que propició cortes largos de la energía eléctrica y de agua y, por si fuera poco, un brote de cólera. Recuerdo también que 10 años más tarde, en el 2001, dos terremotos sacudieron el país en menos de 30 días. En todos estos sucesos, la ayuda internacional fue inmediata para paliar los efectos de estas tragedias.

Ahora, el COVID-19 ha puesto a temblar a gobiernos; ha desnudado carencias históricas de los sistemas sanitarios, pues en menos de una semana hasta los países del llamado “primer mundo” –– potencias militares, turísticas y tecnológicas –– hoy están en vilo tras el avance del coronavirus.

Muy probablemente nadie de mi generación ha vivido semejante situación, tan alarmante, tan impredecible y tan novedosa para la humanidad entera.

En esta crisis, el periodismo de ciencia y de salud acapara reflectores. Se vuelve más relevante. Y no necesariamente porque no lo sea en tiempos regulares sino porque su función, en momentos en que la desinformación, la pseudociencia y el pánico colectivo están causando también un daño paralelo, es tan requerida como las medidas higiénicas que se demandan a la población.

Vivimos momentos en los que se pone a prueba la ética, el compromiso, el rigor científico. En los que escribir o compartir un dato, generar una infografía o musicalizar un video tienen gran impacto ante la vulnerabilidad que supone el temor a
morir por una infección de proporciones mundiales.

En países como el mío, hablar de ciencia en los medios se reduce a una nota esporádica en la parrilla informativa. Yo mismo he intentado solicitar apoyo a funcionarios del actual gobierno para que abran más espacios mediáticos para hablar de ciencia, la que requiere la ciudadanía, sin tener aún una respuesta favorable. Tristemente, ocurre lo mismo con algunos directores de la carrera de comunicaciones en las
universidades. Colar a la ciencia en el debate público a través de los medios masivos es, generalmente, una tarea titánica, burocrática y cansina, como si el tema fuera algo accesorio o de tercera categoría.

En este escenario salvadoreño, pero también común en el resto de los países de la región,  la pandemia del COVID-19 no solo es un reto para los sistemas de salud. No solo es una carrera para sanitizar y evitar propagar la infección. Es también la oportunidad para poner de manifiesto la enorme necesidad que tienen los países de informar y formar a su gente veraz y ampliamente. Y también un momento para cuestionar la relevancia social que se le da al entretenimiento musical, deportivo e incluso político por encima de la información que impacta en las decisiones y las vidas de millones de personas.

Considero que la labor de los médicos, especialistas, enfermeras, policías, personal de logística sanitaria y demás involucrados que hacen que un sistema sanitario prevenga, contenga o dé tratamiento a las personas en medio de una pandemia como la que hoy padecemos, merece nuestro máximo respeto y reconocimiento. Pero también lo merece la que hacen, con rigor, los comunicadores, periodistas y divulgadores de la ciencia en una región cuyas problemáticas más básicas, como la falta de agua o de medicamentos o la precariedad laboral que impide a miles de personas quedarse en sus casas, son probablemente más evidentes y más alarmantes que las que enfrentan los países europeos.

A pesar de ser pocos, el COVID-19 es una oportunidad de oro para quienes comunicamos ciencia desde diversas plataformas. Hoy podemos sumar, contrarrestar las “fake news” y transmitir información verificada sin sensacionalismos pero sí con la urgencia que esta crisis demanda –– que va desde las medidas más básicas y, paradójicamente, más ausentes hasta la crítica argumentada ante un manejo lento de la crisis por parte de algunos de los gobiernos de la región.

Tengo el deseo y la esperanza de que la humanidad saldrá adelante de esta crisis. Que la ciencia, entendida y aplicada en el contexto latinoamericano, logre pesar como ya ocurrió en tiempos pasados.  Tengo el deseo de que esto por fin espabile a quienes toman las decisiones desde los gobiernos y/o desde la iniciativa privada y pública, como las
universidades, para darle al conocimiento científico no solo el espacio que merece sino el que todos necesitamos por derecho, por humanidad y por sentido común.

Pero sobre todo espero que el periodismo y los periodistas de ciencia de la región estén a la altura de la exigencia. Que la información científica rigurosa y verificada que los periodistas proveamos permita superar nuevos retos e identificar la diferencia entre el verdadero virus que estamos enfrentado y el otro virus: el virus de la desinformación, que puede propiciar igual o mayor número de pérdidas para la salud y la vida de nuestra gente.

 

WilbertMonteroza-IMG_9380

*Wilbert Monterroza, salvadoreño, es comunicador multimedia por la Universidad Don Bosco, catedrático de producción de radio y fotografía. Fundador de la plataforma digital El Informe, desde donde comparte el periodismo de ciencia desde el 2016.
@elinformenews. Es también miembro allegado de la RedMPC.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s